Ayer mi alma decidió desahogarse, ya no aguantaba, ya no sobrellevaba más el dolor. Los ríos iban estableciéndose de a poco, transitando los surcos de mi ser; una y otra vez. Una y otra vez pensé en terminar con esto. Pareciera algo sin conclusión.
Recuerdo todo como si fuera ayer, cada movimiento, cada mueca, cada olor (si otra vez con lo de los olores), cada cuerpo, cada sonrisa. Todo era claramente perfecto, PERFECTO. ¿Qué pasó? Aún no lo sé. Cuando memorizo algo, mi cara se resplandece y se apaga constantemente. La curva se apodera de mis labios, es irremediable; al mismo lapso los ríos progresan y se hacen más recónditos. De a poco o muy pronto, todo se inunda, ya no se encuentra luz, la penumbra es dueña dominante. No encuentro otra solución más que terminar con el desconsuelo. Dejando así disgregarse mi alma, aquello que tanto padecimiento aguanta. Solo un poco más, el último sollozo y todo concluye. El último aliento y digo adiós.
El dolor se halla, es innegable y ya me es intolerable. Tanto tiempo va pasando y sin embargo no puedo comprender que haya retrocedido, que haya vuelto atrás. Mi existencia retrocedió el reloj, ahora el celestial cielo no se ve; es una noche, sombría, funesta, flemática, y puedo atestiguar que no estaba preparada para esto. No nuevamente.
Mil y una veces he considerado dejarla escapar, solo materia inerte, fosilizada. Tres son las marcas, tres los recordatorios. Es un lapso critico, otra vez lo pienso; mil y dos veces lo tengo premeditado. El último suspiro, el último malestar, el último aliento. Todo rescinde ya. En absoluto será lo mismo.
Adiós...
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